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Patricia Beatriz Vega

Imágenes de la mujer en Catulo

Universidad Nacional de la Patagonia Austral

aurea_mediocritas@live.com.ar

Introducción

El objetivo de la presente comunicación es analizar en la poesía de Catulo la imagen de lo femenino inscripta bajo la mirada de “lo masculino”, es decir, mostrar los mecanismos retóricos con los que Catulo configura el universo femenino a partir de la antítesis pudicitia-impudicitia.

Ubicarnos en el universo de la cultura romana republicana implica considerar el marco social de las prácticas humanas en el siglo I a.C. La esfera de lo sexual, específicamente, está presente en una gran cantidad de obras artísticas que muestran la importancia de esta actividad en el seno de la ciudad. Sostiene Robert (1999: XII) que “en Roma, el sexo está en todas partes”, y esta imbricación del espíritu romano con la cultura de lo sexual, especialmente a partir del tratamiento literario que recibió, nos permite confeccionar descripciones de los distintos actores protagonistas e implicados en esta trama.

Catulo, poeta romano perteneciente a este contexto histórico, volcó en sus versos toda la expresividad y el simbolismo puestos al servicio de la expresión de lo más íntimo: la pasión, nacida del amor por la vida y el descubrimiento del goce amatorio, y el escarnio que nace del dolor y la decepción. Perteneciente al grupo de neóteroi”, se erigió en contra de la poesía romana tradicional. De esta manera, lo sexual es parte estructurante de su poética, ya porque se refiera a lo amatorio o porque sea utilizado como grosera invectiva de corte político. En ambos casos, sus versos expresan, oscilantes y profundos, el deseo y la desaprobación, el vituperio o la aceptación hacia amantes, cortesanas o matronas.

Pudicitia y Pasividad: el “deber no-hacer” de las mujeres

Los universos femenino y masculino en la lírica catuliana son esferas que se retroalimentan para configurar el espectro de relaciones sociales. Sin embargo, es siempre el vir quien detenta y ejerce la supremacía. Es por ello que en las prácticas políticas y culturales -incluida entre éstas la producción poética y discursiva en general- es el ego enunciador masculino quien traza las estampas de la mujer y el rol que ocupa en esa sociedad.

En este contexto, es necesario aclarar, siguiendo a Robert (1999:5 y ss.), que el matrimonio, en cuanto a su esfera humana, no aparece como un acto natural, sino convencional conforme a una ley establecida por los propios hombres[1]. En este sentido, dentro del código de moral romana, dos son las características fundamentales en la configuración social del mundo femenino: la pudicitia y la pasividad. Ambas se implican de manera recíproca y son propiamente esperables en las mujeres de elite, espacio en el que el matrimonio es concebido como un pacto social y como tal, no basado en el amor ni el sentimiento individual sino en la búsqueda o consolidación de alianzas económico-políticas.

La pasividad es el rasgo que opone más enfáticamente la figura de la mujer respecto de la del varón. Ocupar el rol de pudica uxor implica ser preparada desde su primera infancia para incorporar a su conducta la pasividad necesaria y asumir la condición de “propiedad” del esposo. Al mismo tiempo, la delicadeza pueril que permita marcar la diferencia con el lugar de poder y experiencia ejercido por el vir.

En el poema LXI, Catulo hace referencia a estas cualidades femeninas celebradas en la figura de Junia. En este himno nupcial, el poeta describe el rito ceremonial de los esposos y centra gran parte de sus versos en la figura de la casta novia:

prodeas, nova nupta.

neve respicias domum,

quae fuit tua, neu pedes>

tardet ingenuus pudor… (LXI)

… <¿Por qué te demoras? Se va el día:

sal, nueva casada,

y no mires atrás tu casa,

la que fue tuya, ni retrase>

tus pies el genuino pudor… (LXI)

Desde esta perspectiva la pudicitia hace referencia a la cualidad por la cual la mujer romana nuclear asume el rol de “sujeto-vientre” (Schniebs, 2006:64) cancelando de antemano cualquier asociación con el erotismo o el deseo sexual. El himeneo, destinado a la reproducción y a la perpetuación de los privilegios masculinos de clase, implica en este sentido la negación de la mujer como objeto y sujeto de deseo. Por el contrario, se depositan en su figura onerosos valores morales que, a su vez, serán luego transmitidos a las nuevas generaciones de mujeres llamadas a ocupar este lugar social.

Catulo, pese a su voluntad desafiante al código de conducta romana de su tiempo, no desconoce ni mucho menos transgrede este protocolo marital. Perteneciente, en definitiva, a la clase que detenta el poder, entiende que la manera de concebir las relaciones “institucionalizadas” permite aclarar los vínculos que teje la sociedad sobre los hombres y analizar la evolución de las costumbres.

La “novia” está llamada a la pasividad; es “arrancada” de los brazos maternos y entregada por el padre y hermanos al “fuego” del nuevo hogar. El poeta construye estas imágenes a partir de la utilización de términos con semas que denotan tristeza y dolor, por la vinculación que sugieren con el desgarro himenal, signo de la “apropiación” del cuerpo femenino cosificado por parte del esposo.

Hespere, quis caelo fertur crudelior ignis?

Qui natam possis complexu auellere matris,

Complexu matris retinentem avellere natam,

Et iuueni ardenti castam donare puellam

Quid faciunt hostes capta crudelius urbe? (LXII)

Héspero, ¿qué (cosa) más cruel que tu fuego se mueve en el cielo,

que puedes arrancar del abrazo de la madre a su nacida

del abrazo de su madre, en él prendida, arrancar a su nacida,

y a un joven ardiente donar a la niña casta?

¿Es más cruel el soldado hostil con el pueblo que vence?

La utilización de avellere contrasta con la imagen de la tierna hija “arrancada de los brazos maternos” complexu… matris por el varón, ya sea el esposo, padre o hermano. Todo un campo semántico referido a la coerción se despliega para configurar lo masculino, en el que términos como retinentem o crudelior (ignis) refuerzan el infinitivo del segundo verso y se contraponen a donare o dederunt. Del mismo modo, aluden al accionar de un sujeto claramente pasivo, del cual no se esperará ni la iniciativa de la acción sexual, ni la búsqueda, exploración o goce durante el acto propiamente dicho. Este “prólogo” del lugar que en la institución matrimonial ocupará la esposa ratifica de manera contundente la concepción romana acerca del cuerpo femenino como “un receptáculo en el que otros procrean” (Schniebs, p.66); el “deber no-hacer” de la esposa que no interferirá con el “deber hacer” del vir a quien la une el vínculo conyugal.

En el carmen LXI también aparecen varios conceptos relacionados con la pudicitia:

“vosque item simul, integrae / virgines…”, en el verso 36; o “tu fero iuveni in manus /

floridam ipse puellulam…” en el 56. La “buena fama” relacionada con Venus (v. 61) anticipa la explicitación del término Pudor en el v. 82. Respecto de la pasividad, se nos presenta un “catálogo” de manifestaciones que las esposas deben cuidar constantemente. Así, el campo léxico vinculado a Licent / non licent encuentra su máxima realización en el matrimonio:

nupta, tu quoque quae tuus

vir petet cave ne neges,

ni petitum aliunde eat…

tú tampoco niegues, novia,

lo que pida tu marido,

que a otra parte irá a pedirlo…

Omnia omnibus annuit… (v. 163)

…siempre diciendo que sí…

Bonae senibus viris

cognitae bene feminae… (v. 186)

… buenas señoras, fieles

siempre a vuestros hombres…

Del mismo modo, los poemas evidencian este código de conducta deseable en la matrona romana: se espera de ella el silencio, el acompañamiento al varón para dulcificar la dureza de la vida del vir civis, única clase llamada a gozar de la vida pública en el seno de la institución matrimonial, que funciona como un sistema simbólico fundamental que involucra las relaciones de poder de todo el aparato social. Es decir, a la esposa se la consideraba como la procreadora, el referente obligado de la salvaguarda de la fidelidad. Sin embargo, siempre su ubicación es naturalmente inferior a la de su marido y se espera que lo obedezca. Por su parte, el marido respetará a su esposa como un jefe respeta a sus amigos inferiores (Veyne, 1991:236)

Entonces, los pares antitéticos activo/pasivo – varón/mujer aparecen como formas sustentadas en el orden natural; de esta manera legitiman los lugares de poder que ocupan los seres y perpetúan los privilegios de clase.

Impudicitia: obscenidad, prostitución y masculinización

En el otro polo de esta dicotomía, se configura en el discurso poético de Catulo el perfil de mujer impúdica. Bellas y, como tales, merecedoras del deseo masculino, o carentes de atractivo, las provocativas prostitutas[2] se ocupan de ser la “delicia” del poeta y su grupo, pero también serán vituperadas cada vez que en el hombre provoquen enfado.

Uno de los recursos poéticos destinados a marcar la clara diferenciación entre la púdica matrona y la mujer vulgar y prostituida, es la animalización que en los textos se advierte en la construcción de esta última. Expresiones del estilo “cuniculosae Celtiberiae” (Celtiberia, la conejera) o “ferreo canis… ore” (en la cara de hierro de esa perra”) se utilizan para caracterizar, desde lo físico, la bajeza moral que a su vez se refleja en la fealdad o deformidad de un rostro o cuerpo “que no es digno” de ser admirado.

… iocum me putat esse moecha turpis,

et negat mihi vestra reddituram

pugillaria, si pati potestis.

persequamur eam et reflagitemus.

quae sit, quaeritis? illa, quam videtis

turpe incedere, mimice ac moleste

ridentem catuli ore Gallicani.

circumsistite eam, et reflagitate:

'moecha putida, redde codicillos,

redde, putida moecha, codicillos!'

non assis facis? o lutum, lupanar,

aut si perditius potes quid esse!... (XLII)

… que una puta se quiere divertir

negándose a devolverme, la infame,

vuestras tablas. ¿Lo vais a permitir?

Acosémosla, pues, y reclamemos.

¿Qué quién es? La del sucio contoneo,

que ríe como un mimo repugnante

con su boca de galgo galicano.

¡Rodeadla y reclamad a voces!:

“¡Puta hedionda, devuélvenos los libros,

devuélvenos los libros, puta hedionda!”

¿Que no te importa nada? ¡Burdel, fango

o bajeza mayor si aún es posible…!

En este ejemplo, además, la descripción animalizada de la mujer se sustenta en la relación con lo canino (boca de galgo anglicano) y con la figura del mimo, comediante de baja ralea y considerado, a nivel social, dentro del grupo de “los infames”.

Por otro lado, debemos considerar que la profusión de versos con este tema en el joven poeta no hacen más que reflejar el hecho de que los hombres no eran educados en la idea de “contenerse” en el plano sexual (Rousselle, 2000:370); muy por el contrario, desde muy jóvenes eran motivados a asistir a los prostíbulos.

Pero también en este punto las elecciones masculinas se referencian en el lugar social que les compete. Las prostitutas se categorizan en función de su origen, directamente en consonancia con el de los varones que solicitan sus requerimientos amorosos, como podemos ver en este ejemplo:

Flavi, delicias tuas Catulo,

ni sint illepidae atque inelegantes

velles dicere nec tacere posses.

Verum nescio quid febriculosi

scorti diligis: hoc pudet fateri... (VI)

Flavio, tus delicias, que son desubicadas

y poco elegantes, a Catulo

quieres confesarlas y no puedes hacerlo.

Desconozco con qué afiebrada

prostituta estás ligado. Esto te avergüenza decir…

La expresión del poema destaca al hombre victimizado a partir de su relación con una prostituta (delicia)[3] de la peor categoría, a la que denomina febriculosi scorti. Esta situación justifica el silencio de Flavio y su negación a compartir su secreto. . El desacuerdo se expresa en la tensión que se establece entre los vocablos “decir” y “callar”: velles dicere nec facere posses, misma dicotomía aplicable a la conducta femenina, como vimos en el parágrafo anterior. De esta manera, el descrédito que el poeta focaliza en la imagen pública de Flavio se centra en la baja ralea de la scortium que lo acompaña, y al mismo tiempo en el rol pasivo –impropio para la concepción de lo masculino- que su amigo ocupa en función de esta relación.

En el poema XLI, Ameana es caracterizada asociando sus defectos físicos con el nivel de estima social del que, como prostituta, goza:

Ameana puella defututa

tota milia me decem poposcit,

ista turpiculo puella naso,

decoctoris amica Formiani.

Propinqui, quibus est puella curae,

amicos medicosque convocate:

non est sana puella, nec rogare

qualis sit solet aes imaginosum (XLI)

Ameana, esa joven refollada,

a mí me ha rogado diez mil enteros,

esa joven de indecente nariz,

la amiga del derrochador Formiano.

Parientes que tenéis a la joven a cargo:

convocad a amigos y a médicos.

No está sana esta joven, ni acostumbra

a preguntar por ella ante el espejo.

Vemos, así, que los defectos físicos (turpiculo… naso) y mentales (non est sana) están en íntima consonancia con la poca estima pública de la que goza su oficio (puella defututa) y, por ende, sólo es esperable su relación con sujetos “bajos”, tenidos en igual estima que la joven (“decoctoris amica Formiani”).

Evidentemente, muchos de los términos por demás coloquiales que utiliza Catulo en su poesía (puella defututa, moecha putida, entre otros), entran en una provocativa relación con las normas culturales romanas de su tiempo. Al margen de que esta provocación funciona en la constitución del objeto estético como marca autoral, es interesante señalar también –siguiendo a Fitzgerald (1995)- que el poeta establece con sus lectores contemporáneos una red de significaciones tendientes a explorar, desestabilizar y manipular las relaciones de poder entre ambos. Catulo desestabiliza el marco rígido de las concepciones romanas acerca del poder y la posición en que son metaforizadas desde el sexo y el género. Desde este punto de vista, la construcción de la imagen femenina en estos versos se realiza, por negación, a partir del escarnio hacia la figura del hombre, Flavio o Formiano.

CONCLUSIONES:

Hemos desarrollado a lo largo de este trabajo las dicotomías sobre las que se asienta la representación catuliana acerca de las estampas de la mujer romana del siglo I a.C. Indudablemente, en función de estereotipos sociales en vigencia en este contexto de producción, el poeta circunscribe la caracterización del universo femenino en los polos dicotómicos pudicitia/ impudicitia de los cuales se desprenden otros, como varón/ mujer; decir/ callar; activo/ pasivo. Estos tópicos no sólo sirven a la construcción poética de las figuras, sino que prefiguran para el lector actual la red de representaciones sociales acerca de la mujer en la Roma republicana.

Es desde la perspectiva masculina desde donde se realiza esta mirada; pero no es un dato menor el que Catulo perteneciera a una familia vinculada con sectores de poder del imperio. Es importante destacar este indicio por cuanto su pertenencia a determinado grupo social le asignaba también la posibilidad de producir discursos, hacerlos circular y consecuentemente ejercer un dominio a partir de las creencias hegemónicas.

Los poemas seleccionados para este trabajo, más allá del tema del amor o el erotismo despertados por la imagen femenina, tienen otra dimensión que es más claramente romana, y que es su gesto social. Dos estereotipos, en este sentido, se nos presentan: La mujer como “sujeto- vientre”, des-erotizada, cuando se trata de la figura de la matrona, llamada en el contexto romano no al gozo ni al placer, sino a la procreación y posterior educación de esos futuros ciudadanos. Por otro lado, la mujer erotizada y, en consecuencia, impúdica, es la que recibe mayor tratamiento poético y su figura aparece cimentada en la animalización y campo semántico referido a lo olfativo (“hedionda puta”).

La mirada masculina de Catulo, que no es otra que la mirada del poder, es la que nos permite descubrir en estos poemas un testimonio con referencia en los histórico, que refleja una actitud contestataria a la poesía romana tradicional y, al mismo tiempo, por su pertenencia a la clase aristocrática, el arraigo en la tradición de discursos moralizadores romanos. En ambos casos, la construcción de los poemas con el estilo hedonista urbano de Catulo y su grupo, refleja un gran conocimiento de la sociedad de su tiempo.

BIBLIOGRAFÍA:

Texto de base:

(1999) Catulo; Poesía Completa (C. Valerii Catulli Carmina), Poesía Hiperión; Madrid. Traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal; edición bilingüe.

Bibliografía General:

(1995) Fitzgerald, William. Catullan Provocations: Lyric Poetry and the Drama of Position. Berkeley; University of California Press. http://ark.cdlib.org/ark:/13030/ft3h4nb22c/

(1999) Grimal Pierre, La civilización romana. Vida, costumbres, leyes y artes. Buenos Aires, Paidós

(2004) López López Aurora; Grecia y Roma: las gentes y sus cosas; Universidad de Granada y Sociedad Española de Estudios Clásicos, Barcelona.

(1997) Ramírez de Verger, Antonio; “Introducción”, en Catulo: Poesías; Alianza Editorial, Madrid.

(1999) Robert, Jean-Nöel; Eros romano. Sexo y moral en la Roma Antigua; Editorial Complutense, España.

(2000) Rousselle, Aline; “La política de los cuerpos: entre procreación y continencia en Roma”, en Duby G. y Perrot M.; Historia de las mujeres. 1: la Antigüedad; Taurus, Madrid.

(2006) Schniebs, Alicia; De Tibulo al Ars Amatoria; UBA FFyL; Buenos Aires.

(1991) Veyne, P. “El imperio romano” en Ariés y Duby; Historia de la vida privada 1. Imperio romano y antigüedad tardía. Madrid, Taurus.



[1] Debemos considerar que toda la vida romana estaba reglamentada por contratos, incluso la religión romana se basaba en contratos entre los dioses y los hombres. Cf. en Grimal (1998) el concepto de pietas.

[2] Considerando el contexto cultural del poeta, Rousselle (2000: 372) explica que la presencia de esclavos y esclavas en los hogares romanos sería uno de los motivos de la libertad sexual con los que se relaciona el mundo romano. Esta presunta libertad sexual estaría íntimamente relacionada con el amplio desarrollo de la prostitución; quizás esta situación explique, por un lado, las categorizaciones para las mujeres públicas[2] (del mismo modo que eran categorizados los esclavos por las familias a las que pertenecían) y, por otro, conocer este origen de clase inferior nos permita dar cuenta de la estima

[3] Sostiene Fitzgerald (1995): “… Deliciae también se refiere tanto a una agradable forma de actividad (lovemaking, sobre todo) y para una persona o cosa que sirve a nuestro placer o es complacido por nosotros para nuestro propio placer -compárese con la palabra "juguete"- (…). Las asociaciones negativas de la palabra en latín son amplias: lo más importante, que incluyen la implicación de afeminamiento que a la mente romana va con cualquier forma de actividad no resoluta o no esencial…”